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Capítulo 0

Aquella tarde, frente al pelotón… No.
Luego de muchos años… No, tampoco.
Lo correcto era:
“Muchos años después,  frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”
Era irónico que recordara justo en ese momento, el inicio de Cien años de Soledad… el libro favorito de ella.
Conocía de memoria el primer párrafo, fue presionado para hacerlo, y luego de seis intentos fallidos, al fin lo consiguió. Y no fue tanto el haber sido obligado a leer el texto, fue un detalle para darle gusto a Alina. Aunque no era aficionado a la lectura, quería tener ese algo en común con ella. Inventar una excusa razonable, para tener una ocasión de verla y platicar con ella. Para ahondar en detalles sobre su persona.
-“Es que se me revuelven los personajes, tantos Arcadios y Aurelianos”-le dijo una tarde nublada de octubre. Ese día que fueron sorprendidos por la lluvia, cuando paseaban en un parque cualquiera. Después de varios meses, que ella accedió a darle una cita, con la excusa de que al fin, conocía el contenido de aquel mamotreto representantativo del realismo mágico.
– ¿O sea que es una historia real?- le preguntó confundido, mientras observaba con encanto sus hermosos ojos cafés. Había en la mirada de Alina una especie de hechizo, una inocencia infinita. Esa mirada que hablaba por sí sola y que nunca expresó dubitación alguna. Eso era lo que más le gustaba, la sinceridad y la seguridad de sus ojos. Con una sonrisa y una ternura natural, le explicó; -No, tontito, así se nombra al estilo del autor. El realismo mágico es un género.
No había día que no recordara esa tarde. Habían escapado juntos de la Universidad. Aún no tenían una relación, pero ambos sentían una atracción imperiosa…
Se conocieron en la biiblioteca, ella leía a García Márquez. Él, que estaba allí por equivocación, había ido a sacar copias de un examen extraordinario, que consiguio (por supuesto) de manera ilegal, y apenas sabía de la existencia del escritor colombiano.
-¿Ah sí, es el de canonicemos a las putas, verdad?- dijo con triunfalismo, hecho que a Alina le pareció simpático.
-Memoria de mis putas tristes- lo corrigió como a un pequeñín, con dulzura y con una risita que a él le había parecido encantadora.
-Ah sí, ese señor. He leído algunas de sus obras, me gustan sus poemas.
-¿De verdad?- dijo Alina, que sabía que el interés del aquel joven, por supuesto no era ahondar en cuestiones literarias, puesto que la obra de Márquez se basa en la narrativa- ¿Y puedes declamarme alguno?- lo retó con sorna.
– ¡Híjole! La verdad no recuerdo ninguno en este momento, y ya se me está haciendo tarde, tengo que ir a presentar un examen. Pero si me das tu teléfono, nos ponemos de acuerdo y la próxima te los recito todos, ¿Te parece?.
-¿Bueno, y ya leiste Cien Años?
-¿Cien años, Eso es una canción viejísima, qué no? por eso se llama Cien Años.
-¡Burro, Cien Años de Soledad, es la obra representativa de Márquez, tienes que haberla leido!
-Mmm no, no he tenido oportunidad, pero en cuanto pueda lo leo, ¿Entonces cuál es tu número?- insistió.
-Vamos a hacer algo, cuando leas el libro me dices y lo platicamos juntos, ¿Te parece? cuando lo hayas terminado, me buscas, estaré aquí y te daré mi teléfono.
El trato parecía justo, leer un tonto libro (pensaba) para volver a verla, no sería algo que le representaría un reto difícil, o eso fue lo que él erróneamente pensó.
Primero se les hizo divertido retar a la tormenta. Danzaron juntos un vals bajo las gotas. Pero cuando el diluvio arreció buscaron refugio bajo un kiosco en ruinas, que apenas alcanzaba a cubrir si acaso el cuerpo de una persona, además de que los vientos eran impredecibles, la lluvia azotaba casi de haciendo imposible que pudieran cubrirse del todo.
El lugar estaba desierto. Una feria local estaba por instalarse y había estructuras de juegos mecánicos por todo el lugar. Los operadores se encontraban refugiados en sus casas rodantes.
Él que llevaba unos jeans y una playera, estaba completamente empapado y empezaba a castañetear los dientes por el intenso frío. Ella vestía un pantalón de sastre color negro muy entallado y con la ayuda del agua, la prenda se ceñía a su cuerpo dejando ver unas hermosas y torneadas piernas. Fue la primera vez que la vio con morbo y en parte sintió algo de pena. Llevaba además una blusa de manga larga, como odiaba la formalidad, cargaba siempre con una sudadera de algodón en color negro, que tenía un gorro, mismo que le sirvió para cubrirse de las gruesas gotas que caían sin piedad. Al notar que él hacía lo imposible para que a ella no la tocara el agua y la trataba de proteger con su cuerpo, lo invitó a refugiarse en ella.
Se fundieron en un abrazo y con la complicidad de la soledad, él le quitó la capucha para descubrir su rostro y besó con mucha ternura su frente. Ella cerró los ojos y buscó sus labios.
Esperaron abrazados a que escampara. Él con una sonrisa imborrable, casi idiota, le dijo al oído: -Como estar bajo las lluvias incesantes de Macondo- y luego fue él quien la besó.
– ¡Estoy a las órdenes del del Coronel Aureliano Buendía!- Respondió aún de manera enérgica y con ironía, mientras recibía un puntapié en el rostro. Tenía las manos atadas, el cuerpo molido a golpes y los ojos atados con cinta industrial.
Antes de perder el conocimiento, creyó escuchar la voz de Alina: -¿Y ya leíste Cien años?..
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