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Para Bibiana…

Esta historia la hice gracias a una anécdota de mi amiga Bibiana. Algunas situaciones son reales. Otras mera ficción. Espero te guste Bibi.

 

 

Esa tarde, Andrés sacó el último cigarrillo de la cajetilla y lo prendió parsimoniosamente, sin prisa. Dio el golpe y entre el humo, recordó el rostro de Bibiana mirándolo. Algunos años atrás, la mirada de ella lo hizo sentir vergüenza, calor, bochorno, sintió un escalofrío que no pudo describir. Sólo volviendo al pasado podría explicarse lo que sentía.

 

Andrés era un joven sonriente. Sus compañeros lo apodaban “El Sonrics”, pues su singular sonrisa y sus carcajadas del perro Pulgoso, contagiaban a toda el aula de segundo grado. A el no le preocupaban las burlas de sus compañeros. Para todos tenía siempre un chascarrillo e incluso gustaba de ponerles a todos apodos, como lo habían hecho antes con él. Andrés tenía como cómplice a Francisco, que lo acompañaba en todas sus aventuras. Como la vez que dejaron de ir al salón de segundo “D” porque alguien les hizo ver que irse de pinta era divertido. Para irse a jugar al billar en las calles del Centro. Particularmente a la de Aldama.

Aquella mañana fría de diciembre llegó al estanquillo con ropa de civil y esperó a que “Pancho” lo alcanzara. Conforme pasaban los minutos y el timbre de la secundaria no sonaba para la primer hora de clase (biología, lo recordó entre risas), Andrés se ponía más nervioso. Estuvo a punto de ingresar al salón. Cuando escuchó una voz familiar que le gritaba. Regresó corriendo al lugar mientras en su camino se cruzaba ella. El cabello largo y rizado le bailaba con el viento y él alcanzó a notar en su mirada algo extraño. Ella parecía triste, como si su día se hubiese arruinado por no compartir con él esa mañana, entre Matemáticas e Historia.

Toda la mañana la pasó distraído. Pensando en su blanquísimo rostro lleno de pecas. El frío de la mañana le había pintado de rojo la nariz y las mejillas. Llevaba una bufanda de colores oscuros a cuadros sobre su perfumado suéter azul obligatorio. Y bajo su jumper gris cuadriculado, e impecablemente planchado, unas mallas blancas con zapatos negros de charol perfectamente boleados. Al pasar corriendo a su lado, sintió el riquísimo aroma de su cabello. ¡Cuántas ganas de regresar a clases!, sólo para estar sentado en el pupitre tras ella, jugando a decir, “Me quemo”, pues era un juego de palabras con el que le advirtía a Bibiana, que sentía algo quemante por ella.

Por la tarde le llamó por teléfono, tres veces antes colgó, pues la voz del padre de ella lo hacía temblar. La cuarta llamada que hizo dio apenas un timbre y escuchó la voz atendiendo –¿Está Bibiana? –Se maldijo a si mismo en sus pensamientos, pues por el nerviosismo se olvidó de dar las buenas tardes. Te llamaba para ver si podías pasarme la tarea, es que me enfermé en la mañana y no pude ir a la escuela (Estúpido, no sabes mentir, ella te vio salir de la escuela con prisa). Ella sólo atinó a reírse de su pésima memoria mientras le anunciaba que habría examen de Sociales. Hablaron casi toda la tarde, él descubierto, le contó cómo su suerte de principiante lo hizo ganar una torta y un refresco esa mañana de billar. Justo antes de colgar, ella lo reprimió por haber faltado a clases y él descubrió que ella sentía una especie de interés por él.

 

Pero nunca se lo preguntó, así fueron pasando las semanas. Él la llamaba cada tarde hasta que en una ocasión se la negaron. La madre de la joven atendió el llamado y le dijo a Andrés que el teléfono era una necesidad, y no un lujo, que se abstuviera de llamar de nuevo. –Evítame la pena de negártela de nuevo -advirtió la mujer. Por lo que Andrés evitó toda clase de contacto con Bibiana y le dedicó mucho más tiempo a las artes del ocio.

Los días se fueron haciendo cada vez más difíciles pues ella empezaba a mostrar interés por otro joven. Él atribuyo eso a sus inasistencias cada vez más frecuentes. Por lo que decidió empezar a cortejar a una de las mejores amigas de Bibiana. A la que solo por momentos veía en la escuela, pues el billar se había vuelto su modus vivendi. Situación que fue descubierta por su familia, pues Bibiana en una entrega de calificaciones, le advirtió a la hermana mayor de Andrés que éste ya no asistía a clases por irse a practicar billar. Incluso Pancho ya no lo acompañaba, pues por una oportunidad de trabajo que recibió su padre, lo dejó unos meses antes de terminar el segundo grado.

Una ocasión, en la escuela, su madre lo reprendió y lo abofeteó justo cuando pasaba ella por allí. No le dolió el golpe tanto como la humillación que pasó frente al amor de su vida y sólo atinó a mirarla con rencor, haciéndole saber que todo eso era por su culpa.

Para el tercer año ella fue cambiada de salón por su buen aprovechamiento, y su círculo de amistades cambió por completo. Él que dejó de hablarle por la humillación sufrida, sólo atinaba a mirarla desde los escalones de la cooperativa. Bibiana era mucho más bella ese año. Empezaba a atraer a más compañeros y eso le hervía la sangre, pues él sabía que solo sería de él y de nadie más.

En una ocasión escribió una carta de arrepentimiento, pues el hecho de verla rodeada de gente nueva que le pretendía lo hizo arriesgarse a pedir perdón. No dejaría que nadie se quedara con la niña de sus sueños. La misma que alguna vez se preocupo por él, aquella mañana fría de diciembre en la que descubrió su angelical rostro.

Escribió la misiva y la puso en manos de una amiga de ambos, pues no tenía el valor suficiente para hacerlo él mismo, para mirarla a la cara de nuevo y sentir ese calor especial que sólo ella le irradiaba.

Espero bajo las escaleras como siempre y observó cómo la chiquilla se dirigía con Bibiana que desde lejos lo observó con esa mirada que lo hacía avergonzarse y justo cuando pensó que ella lo saludaría con el papel entre sus manos, ella empezó a romperlo lo hizo pedazos ante su sorpresa y aventó los restos al aire como celebrando con confetis. Allí iban sus palabras destrozadas al viento junto con sus ilusiones.

Andrés descubrió que era demasiado tarde para recuperar a su Bibiana y derrotado optó por salir de la escuela, era un fin de semana. Fue un fin de semana muy largo.

 

Andrés sintió el calor sobre sus manos. El fuego del cigarrillo le quemaba los dedos mientras esperaba el pesero. Esa tarde vio pasar a su Bibiana, quien lo reconoció inmediatamente pero bajó la mirada para reprender a la pequeña que llevaba del brazo para después hacerle una pregunta tonta a su pareja, con la que recorría las calles del Centro. Particularmente en la Calle Aldama.

 
 
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  1. Bibiana
    23 noviembre, 2007 en 16:11

    HOOOLA: QUE BUEN ESCRITOR ERES!!!!  ME GUSTO MUCHO… ME DA GUSTO SABER  QUE MI "ANECDOTA" TE HAYA SIDO ÚTIL  PARA CONCLUIR ESTA TU NOVELA QUE ME IMAGINO TENIAS YA EMPEZADA. GRACIAS POR HACERME LA PROTAGONISTA, ME IMAGINE TODAS Y CADA UNA DE LAS SITUACIONES QUE DESCRIBES. GRACIAS, HEY AHORA SI TE HAZ GANADO UN BESOTOTE GRANDOTOTE Y UN MEGA ABAZO. DE NUEVO GRACIAS MUCHAS GRACIAS. 😉 

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