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A pocas horas del Apocalípsis…

26 noviembre, 2007 1 comentario
Ya es tiempo:
Y con esto me refiero a que el tiempo se me pasó volando y dentro de pocas horas empiezo una nueva vida. El 27 de Noviembre es un día que siempre me ha marcado y desde hace dos años ha sido una pesadilla para mí. Nací un 27 de noviembre de 1981 a las 12:55 del día. y por x o y casi siempre lo olvidan muchas personas. Las pocas fiestas que tuve fueron poco concurridas. Recuerdo una en particular en la secu, cuando esperaba a todo mundo e incluso pensaba que faltaría espacio en la casa. Llegaron dos compañeros, y un poco tarde. Fueron de casualidad porque en realidad no éramos grandes amigos, pero al menos me alegraron la tarde. La pasamos chido y hoy, ya ni siquiera sé dónde están o qué ha sido de sus vidas.
Este día nunca me gusta porque casi todo mundo está pensando ya en la Navidad y se olvidan de mí. Mi madre cumple el día 22 y es el último cumpleaños que recuerdan. Sólo la familia de ella me manda felicitar pero todos están lejos, viven en Colima, así que lo de los abrazos y los regalos se quedan para después…
Pero bueno, eso no es lo importante. Ni lo peor del asunto…
Hace dos años, un 27 de noviembre del 2005, estaba lejos de casa, en una casa ajena, comiendo con desconocidos, lleno de ilusiones y de esperanzas. Cuando terminé de comer fui a la que era mi habitación y saqué un anillo de compromiso para entregárselo a quien era mi pareja en ese momento. Pensaba hacerlo en la mesa frente a todos, pero afortunadamente ella se fue hacia la sala y se sentó en un sillón. LLeno de nervios me acerqué a ella, me hinqué y le pedí que se casara conmigo. Aceptó. Recuerdo que las palabras no salian de mi boca y respiraba con mucha dificultad. Pero el hecho de que ella dijera sí, me hacía el que yo pensaba sería el mejor cumpleaños de mi vida y el mejor regalo que había recibido.
Después hubo un caos tremendo. Su madre empezó a llorar, su padre me dio un sermón sobre la responsabilidad y la confianza y que su hija era una verdadera joya bla bla bla bla bla bla y yo por dentro ¿Qué carajos hice?
En fin, como es por todos sabido, esa historia no se concretó. La joya no resultó ser tan fina como lo pensaba y yo me quedé con mi 27 de noviembre fatídico, día que no logro olvidar y que espero después de este tormentoso año por fin superar.
Sé que es demasiado difícil pues hay momentos en que los recuerdos lastiman, y ese en lo particular está muy presente. Porque siento que desperdicié un tiempo valioso de mi vida, además de una petición que siempre he pensado que se debe hacer sólo una vez en la vida.
No le guardo rencor, simplemente la odio jajaja.
Dice una canción de Enrique: "Te odio tanto, que yo mismo me espanto de mi forma de odiar, deseo que despues de que mueras, no haya para ti un lugar"…
Sé que este es un capítulo oscuro de mi vida y el compartirlo de una forma me libera de él. Así que espero que la próxima vez que me digan amargado, sepan cuál es la razón verdadera.
Después de todo, Éste es el último año que voy a pasar así…
Gracias a todos mis verdaderos amigos, y a los que me falta por conocer, estoy seguro que el próximo año, ya no leeran cosas tan tristes ni pesimistas, de este su servidor…
 
 
 
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Para Bibiana…

23 noviembre, 2007 1 comentario

Esta historia la hice gracias a una anécdota de mi amiga Bibiana. Algunas situaciones son reales. Otras mera ficción. Espero te guste Bibi.

 

 

Esa tarde, Andrés sacó el último cigarrillo de la cajetilla y lo prendió parsimoniosamente, sin prisa. Dio el golpe y entre el humo, recordó el rostro de Bibiana mirándolo. Algunos años atrás, la mirada de ella lo hizo sentir vergüenza, calor, bochorno, sintió un escalofrío que no pudo describir. Sólo volviendo al pasado podría explicarse lo que sentía.

 

Andrés era un joven sonriente. Sus compañeros lo apodaban “El Sonrics”, pues su singular sonrisa y sus carcajadas del perro Pulgoso, contagiaban a toda el aula de segundo grado. A el no le preocupaban las burlas de sus compañeros. Para todos tenía siempre un chascarrillo e incluso gustaba de ponerles a todos apodos, como lo habían hecho antes con él. Andrés tenía como cómplice a Francisco, que lo acompañaba en todas sus aventuras. Como la vez que dejaron de ir al salón de segundo “D” porque alguien les hizo ver que irse de pinta era divertido. Para irse a jugar al billar en las calles del Centro. Particularmente a la de Aldama.

Aquella mañana fría de diciembre llegó al estanquillo con ropa de civil y esperó a que “Pancho” lo alcanzara. Conforme pasaban los minutos y el timbre de la secundaria no sonaba para la primer hora de clase (biología, lo recordó entre risas), Andrés se ponía más nervioso. Estuvo a punto de ingresar al salón. Cuando escuchó una voz familiar que le gritaba. Regresó corriendo al lugar mientras en su camino se cruzaba ella. El cabello largo y rizado le bailaba con el viento y él alcanzó a notar en su mirada algo extraño. Ella parecía triste, como si su día se hubiese arruinado por no compartir con él esa mañana, entre Matemáticas e Historia.

Toda la mañana la pasó distraído. Pensando en su blanquísimo rostro lleno de pecas. El frío de la mañana le había pintado de rojo la nariz y las mejillas. Llevaba una bufanda de colores oscuros a cuadros sobre su perfumado suéter azul obligatorio. Y bajo su jumper gris cuadriculado, e impecablemente planchado, unas mallas blancas con zapatos negros de charol perfectamente boleados. Al pasar corriendo a su lado, sintió el riquísimo aroma de su cabello. ¡Cuántas ganas de regresar a clases!, sólo para estar sentado en el pupitre tras ella, jugando a decir, “Me quemo”, pues era un juego de palabras con el que le advirtía a Bibiana, que sentía algo quemante por ella.

Por la tarde le llamó por teléfono, tres veces antes colgó, pues la voz del padre de ella lo hacía temblar. La cuarta llamada que hizo dio apenas un timbre y escuchó la voz atendiendo –¿Está Bibiana? –Se maldijo a si mismo en sus pensamientos, pues por el nerviosismo se olvidó de dar las buenas tardes. Te llamaba para ver si podías pasarme la tarea, es que me enfermé en la mañana y no pude ir a la escuela (Estúpido, no sabes mentir, ella te vio salir de la escuela con prisa). Ella sólo atinó a reírse de su pésima memoria mientras le anunciaba que habría examen de Sociales. Hablaron casi toda la tarde, él descubierto, le contó cómo su suerte de principiante lo hizo ganar una torta y un refresco esa mañana de billar. Justo antes de colgar, ella lo reprimió por haber faltado a clases y él descubrió que ella sentía una especie de interés por él.

 

Pero nunca se lo preguntó, así fueron pasando las semanas. Él la llamaba cada tarde hasta que en una ocasión se la negaron. La madre de la joven atendió el llamado y le dijo a Andrés que el teléfono era una necesidad, y no un lujo, que se abstuviera de llamar de nuevo. –Evítame la pena de negártela de nuevo -advirtió la mujer. Por lo que Andrés evitó toda clase de contacto con Bibiana y le dedicó mucho más tiempo a las artes del ocio.

Los días se fueron haciendo cada vez más difíciles pues ella empezaba a mostrar interés por otro joven. Él atribuyo eso a sus inasistencias cada vez más frecuentes. Por lo que decidió empezar a cortejar a una de las mejores amigas de Bibiana. A la que solo por momentos veía en la escuela, pues el billar se había vuelto su modus vivendi. Situación que fue descubierta por su familia, pues Bibiana en una entrega de calificaciones, le advirtió a la hermana mayor de Andrés que éste ya no asistía a clases por irse a practicar billar. Incluso Pancho ya no lo acompañaba, pues por una oportunidad de trabajo que recibió su padre, lo dejó unos meses antes de terminar el segundo grado.

Una ocasión, en la escuela, su madre lo reprendió y lo abofeteó justo cuando pasaba ella por allí. No le dolió el golpe tanto como la humillación que pasó frente al amor de su vida y sólo atinó a mirarla con rencor, haciéndole saber que todo eso era por su culpa.

Para el tercer año ella fue cambiada de salón por su buen aprovechamiento, y su círculo de amistades cambió por completo. Él que dejó de hablarle por la humillación sufrida, sólo atinaba a mirarla desde los escalones de la cooperativa. Bibiana era mucho más bella ese año. Empezaba a atraer a más compañeros y eso le hervía la sangre, pues él sabía que solo sería de él y de nadie más.

En una ocasión escribió una carta de arrepentimiento, pues el hecho de verla rodeada de gente nueva que le pretendía lo hizo arriesgarse a pedir perdón. No dejaría que nadie se quedara con la niña de sus sueños. La misma que alguna vez se preocupo por él, aquella mañana fría de diciembre en la que descubrió su angelical rostro.

Escribió la misiva y la puso en manos de una amiga de ambos, pues no tenía el valor suficiente para hacerlo él mismo, para mirarla a la cara de nuevo y sentir ese calor especial que sólo ella le irradiaba.

Espero bajo las escaleras como siempre y observó cómo la chiquilla se dirigía con Bibiana que desde lejos lo observó con esa mirada que lo hacía avergonzarse y justo cuando pensó que ella lo saludaría con el papel entre sus manos, ella empezó a romperlo lo hizo pedazos ante su sorpresa y aventó los restos al aire como celebrando con confetis. Allí iban sus palabras destrozadas al viento junto con sus ilusiones.

Andrés descubrió que era demasiado tarde para recuperar a su Bibiana y derrotado optó por salir de la escuela, era un fin de semana. Fue un fin de semana muy largo.

 

Andrés sintió el calor sobre sus manos. El fuego del cigarrillo le quemaba los dedos mientras esperaba el pesero. Esa tarde vio pasar a su Bibiana, quien lo reconoció inmediatamente pero bajó la mirada para reprender a la pequeña que llevaba del brazo para después hacerle una pregunta tonta a su pareja, con la que recorría las calles del Centro. Particularmente en la Calle Aldama.

 
 
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La historia perfecta de mi futuro…

22 noviembre, 2007 Deja un comentario
Estuve buscando una novela en la red que me encantó cuando la lei en la escuela de letras. Se llama "El cielo con las manos", del escritor argentino Mempo Giardinelli. Desafortunadamente, no la encontré. Pero me encontré esta joyita. Al momento de leerla me sorprendió porque en parte se parece mucho a lo que tengo planeado hacer para mi próximo cuento. Pero más que nada, me hizo reflejarme en cómo me veo en el futuro. No daré más explicaciones.
Espero les guste.
 

El Señor Serrano

    "Un instante después, Mike sintió la mirada, clavada en su propia nuca. Giró súbitamente y, al encontrar los ojos de ella, más azules que nunca, encendidos como los potentes reflectores de un Lincoln ocho cilindros en medio de una tormenta, esbozó su más irresistible sonrisa. Sheilah se puso de pie, sin dejar de mirarlo, y con ambas manos se alisó el vestido, que crujió como una papa frita en el momento de ser masticadas lo que hizo resaltar sus perfectos senos túrgidos y las líneas que delimitaban su excelente figura, de caderas poderosas y unas esbeltas piernas que terminaban en un par de sandalias doradas, si se podía llamar sandalias a esas tiritas de cuero que de alguna manera se las ingeniaban para dejar a la vista sus uñas carmesí. Caminó hacia él con la contundencia de un destróyer en una bahía del Caribe colmada de colegiales. ‘Es una lástima, nena’, musitó él mientras extraía su 45 de la sobaquera ante la mirada incrédula de ella. Un segundo después, Sheilah parecía un lujoso maniquí maltratado al que le habían pintado un grotesco punto rojo en el medio de la frente".
   –’Tá madre –dijo el señor Serrano, abandonando el libro a un costado de la cama y poniéndose de pie para apagar el calentador que estaba sobre la mesita, junto al ropero. Dio unos golpecitos al mate, para asentar la yerba, y luego empezó a cebar mientras observaba la pieza de paredes descascaradas, con ese almanaque del año pasado que no se había molestado en cambiar, como único adorno, y volvió a sentarse, en el borde de la cama, dejando la pava junto a sus pies y considerando que el frío no era lo más terrible para un viejo; él tenía sesenta y cuatro años y podía soportarlo perfectamente, mucho mejor que a esa pertinaz, intolerable soledad que parecía envolverlo como una telaraña.
   Vivía en esa pieza desde hacía veinte años. Cada mes le costaba más pagar el alquiler, no porque le aumentaron la cuota, sino porque su jubilación se tornaba ostensiblemente impotente en su cotidiana lucha contra la carestía. Tenía un gato al que sólo veía cuando dejaba comida en el balcón, dos malvones, un helecho y un gomero nuevo que le habían traído de Misiones el verano pasado y que, seguramente, no sobreviviría al invierno. Tomaba dos pavas de mate por día, como mínimo, leía el Clarín todas las mañanas, dormía poco, se aburría mucho y odiaba a todos sus vecinos del edificio porque todos lo odiaban a él, quizá porque silbaba permanentemente, quizá porque la gente desprecia o teme a los solitarios.
   –Basta de leer, me voy a volver loco –se dijo, y se quedó pensando en su vida, que no le parecía otra cosa que una constante pérdida de tiempo. Todo lo que había hecho era igual a cero. Nada de nada. Y ya no podía echarle la culpa a la dichosa retroactividad que no le pagaban desde hacía por lo menos diez años; no era tonto, sabía que sólo a él le correspondían las culpas, quizá por no haber estudiado ni tenido ambiciones. Pero ni siquiera estaba seguro de eso; a veces recapitulaba su vida, como si hubiera sido una película que se pudiera rebobinar, y, ciertamente, se perdía en elucubraciones, detalles intrascendentes, lagunas de su memoria, rostros difusos, momentos de tristeza y siempre se topaba con una sensación de agobiante soledad.
   Quizá por todo eso, desde hacía varios meses (desde una tarde en la que se había despertado luego de una breve siesta, lloroso y aterrado porque en su sueño un agresivamente más joven señor Serrano le había gritado que era un pobre tipo), sólo pensaba en hacer algo grande algún día. Soñaba con cambiar su destino, si lo tenía, si acaso el destino se había ocupado de él. Y lentamente fue decidiendo que llegaría el momento de probarse que no era un pusilánime, que su vida sólo había sido un reiterado desencuentro con las oportunidades de hacer algo grande. Entonces dejaría boquiabierto a más de uno, saldría en los diarios, sería famoso y discutido.
   Se puso de pie, sacó del ropero la bufanda y los guantes de lana, se los calzó, salió al balcón y se recostó en la baranda, mirando la calle adoquinada, siete pisos más abajo, mientras consideraba la idea que acababa de concebir. Si bajo por la escalera evito un ascensor delator. Espero que la chica abra la puerta, tranquilamente sentado y sin silbar, y así eludo tocar el timbre. Cuando aparezca me asomo y le digo cualquier cosa; ella no va a sospechar de un viejo manso, de modo que podré acercarme y meterme de prepo en su departamento. Adentro la acorralo y antes que grite le tapo la boca y la estrangulo. Todavía tengo fuerzas. Será sencillo, fácil y nadie sospechará de mi. Y yo estaré orgulloso de mi obra. Los voy a sobrar a todos, ya van a ver.
   Terminó de sorber el mate, entró a la pieza, se cebó otro y salió nuevamente, imperturbable, sin importarle la baja temperatura de la mañana ni el viento gélido que le cortaba la cara. Tenía la piel curtida, dura, de hombre que ha pasado toda su vida a la intemperie, castigado por soles y fríos.

   Desde que se iniciara, a los quince años, como aprendiz en una carpintería de la calle Victoria, había trabajado sin cesar hasta que se jubiló como oficial de la casa Maple, justo cuando lo consideraban un artista de la garlopa y del escoplo pero se interpuso en su camino aquella sierra que le cortó un par de tendones en el muslo derecho y le produjo esa odiosa renguera que le dolía tanto los días de lluvia y a la que jamás se resignó. Entonces, a los cincuenta y dos años, todavía no conocía la dimensión de su propia soledad; todavía se reunía, por las noches, en el almacén de Gurruchaga y Güemes para jugar al dominó, haciendo pareja con el finado Ortiz, aquel viejito que tenía tantos nietos como pelos en la cabeza, una impecable sonrisa permanente y la sólida convicción de que moriría de un síncope mientras estuviera dormido; todavía pasaba los domingos por el Jardín Botánico, se sentaba en un banco a leer el diario, espiaba a los chicos y a los ancianos que confraternizaban jugando al ajedrez bajo los árboles, y después, al mediodía, comía un sánguiche en alguna pizzería frente a Plaza Italia, caviloso, antes de ir a la cancha para ver a Atlanta y comprobar su incapacidad de emocionarse, de festejar un gol, de lamentar las tan reiteradas derrotas.
   "Qué tiempos", solía repetirse, como si el pasado tuviera elementos envidiables , materiales para la nostalgia, alguna mujer –por lo menos– cuyo rostro recordar. Porque en su vida las mujeres no habían ocupado un lugar destacado. Acaso una, Angelita Scorza, la hija del enfermero que vivía en Republiquetas y Superí, lo había embriagado alguna vez hasta tal punto que le juró amor eterno y eterna fidelidad; pero la pasión que en ella despertó un estudiante de medicina de quien ya no se acordaba el nombre denigró sus sentimientos. Angelita se casó, finalmente, con el muchacho, una vez que éste terminó sus estudios, y él se aplicó a las faenas del olvido sin que le costara demasiado, envuelto en sus meditaciones de carpintero hasta que, luego de unos años, el rostro de Angelita se fue convirtiendo en una referencia vaga del viejo barrio, en un simple matiz de su adolescencia. Y ya no hubo mujeres en su vida, salvo alguna que otra prostituta sin cara, de esas que frecuentaban las cercanías de Puente Pacífico y con quienes protagonizaba simulacros de pasión que, después, no hacían otra cosa que ratificar su desamparo, su desarraigo, el inmenso abismo que lo iba separando del mundo.
   Al acabarse el agua de la pava, Serrano sintió como una vaharada de calor, una extraña sensación de urgencia que no supo controlar. Nervioso, se alejó de la baranda y penetró en la pieza apenas iluminada por el resplandor de la mañana plomiza, tan típica de julio en Buenos Aires, y contempló, sin conmiseración, esas cuatro paredes sórdidas y húmedas por las que los días pasaban, aterradores, llevándose lo que le quedaba de vida sin que él pudiera resistirse, sin que siquiera lo intentara.
   Entonces pensó que, quizá, había llegado el momento. No tenía sentido seguir esperando, y leyendo novelitas policiales de segunda categoría, mientras el tiempo se esfumaba; no podía permitir que sus fuerzas se agotaran ni que se le terminaran de ablandar los músculos que habían desarrollado sus brazos y sus manos después de tantos años de manipular maderas.
   Se dirigió al lavatorio y se miró en el espejo, sólo por un segundo, como evitando detenerse en los profundos surcos de la frente, en la palidez de su piel, en la casi tangible vacuidad de su mirada, o acaso simplemente tratando de huir de sus propios ojos, que lo hubieran observado acusadoramente, quizá con sorna también, para indicarle que estaba perdido, que jamás haría algo grande porque sus proyectos, siempre, habían habitado más el campo de los sueños imposibles que los terrenos de la realidad. Se alejó del espejo, disgustado, se encasquetó el viejo y manchado sombrero de fieltro y salió al pasillo, conmovido y asombrado por el odio que sentía.
   Luego de comprobar que todas las puertas estaban cerradas, bajó por la escalera sin apuro, luchando por serenarse. En el piso inferior se detuvo, vigilante, pegado a la pared, mirando la puerta de un departamento, dispuesto a esperar. Así estuvo no supo cuánto tiempo, con la mente despejada, tan en blanco como una cucaracha de panadería, hasta que se abrió la puerta y una joven de enormes ojos negros, menuda y perfumada, se asomó al pasillo.
   Ella lo miró, extrañada. "Hola, señor Serrano", le dijo, con una breve sonrisa. "Buen día, señorita Aída", contestó él, acercándose un paso, alzando una mano enguantada y sin dejar de mirarla a los ojos. La muchacha cerró la puerta y pasó a su lado, deteniéndose junto a las rejas del ascensor. Apretó el botón y una pequeña luz roja se encendió sobre su dedo. Serrano, súbitamente tembloroso, la observó con los ojos fijos en la mano que ahora tomaba la manija de la puerta acordeonada y empezó a silbar un tenue, atónico soplido entrecortado.
   "¿Le pasa algo, señor Serrano?".
   "No…, no, m’hija, nada. No pasa nada", dijo él. Se dio vuelta y subió hasta su piso, por la escalera. Antes de abrir la puerta de su departamento supo que era, definitivamente, un pobre tipo. Su sueño de hacer algo grande, algún día, le parecía lejano, inimaginable como la cara de Dios.

 
  
de "Vidas ejemplares". © 1982

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Hay un hueco en mi alma

22 noviembre, 2007 Deja un comentario
Encontré este video que me hizo recordar mis años de pubertad. La secundaria y las buenas épocas. Los primeros amores. El darse cuenta que a veces estamos clavadísimos con alguien que de plano no nos pela y a quien nos quiere le damos el avión.
Aerosmith fue una de las primeras bandas que conocí cuando me empezó a gustar el Rock y recuerdo que fue mi época en la que como todo buen puberto hay un ciclo en que MTV se te hace lo máximo. Hoy en día no pienso igual. Siento que la programación es un verdadero asco y las bandas nuevas dejan mucho que desear. pero bueno es cuestión de gustos y de diferencias generacionales. Yo ya dejé esa antorcha.
La encontré con todo y subtítulos para que sepan lo que dice. Yo no le ponía mucha atención a la letra pero el video en sí lo dice todo.
Espero les guste y que tengan un buen recuerdo con este videito.
Sigo en la etapa de los videos porque estoy esperando a que pasen las malas fechas. Después de esto, prometo aplicarme, a principios de Enero quizás jejeje.
Que lo disfruten.
 
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Rapsodia bohemia

20 noviembre, 2007 Deja un comentario
Un clasico de la banda Queen interpretada por este singular cuarteto.
Chéquese el prodigioso músico que igual le da por tocar el piano y la lira de manera excelente.
Algo para reir un buen rato.
Espero les guste.
 
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Sácame de este gran mundo malo

16 noviembre, 2007 Deja un comentario

Este fue mi primer acercamiento al Mundo Blur. Conocí a esta banda a finales de los 90’s y quedé maravillado inmediatamente con su música. Este video retrata muchas cosas y entre ellas mi estado de ánimo. Hay demasiadas injusticias en el mundo y todos estamos inmiscuídos dentro de ellas de una forma u otra. Nadie se salva.

Con esta canción he llorado y reído una infinidad de veces. No se me había ocurrido buscarlo hasta que me topé con él por casualidad.

Amo este video, amo a esta banda.

Espero les guste.

No tengo mucho que decir, porque como saben, el cerebro está en estos días en proceso de rehidratación. Aunque por la temporada que viene dudo que se aliviane. Además de que vienen fechas que especialmente detesto y quisiera borrar de por vida.

Con ustedes… Coffe and T.V. de la banda británica Blur.

 
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¿Cómo eliminar al bloqueo?

14 noviembre, 2007 1 comentario
¿Alguna vez has tenido ganas de decir algo pero no sabes cómo decirlo?
Pues bien, como lo has podido notar apreciable lector, hace algunos días que este espacio de salida a mis ideas ha sido abandonado. La causa es el bloqueo mental. No sé qué decir ni qué expresar. Hace algunos meses ya que tengo la idea de ponerme a escribir en forma y aunque tengo varios temas en mente. Simple y sencillamente no sé cómo desarrollarlos. Hoy por la mañana empecé pero a la media cuartilla se me acabó la creatividad. La meta es al menos 60 cuartillas. Pues pienso crear una especie de noveleta. Matar a alguien es sencillo sólo con deseos y con imaginación. Pero a la hora de tratar de escribirlo es muuuy difícil, y más si no tienes un argumento convincente. Pues en sí ya no tengo nada que decir, sólo quería compartir la frustración que tengo por no poder compartir nada- Les comparto un poco de mi frustración y ofrezco disculpas por no tener nada, ni siquiera no interesante que contar.
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